domingo, 9 de agosto de 2026

BLOQUE E-9 HOURGLASS / THE LOYAL UNION SAMPLER DE JENNIFER CHIAVERINI /GUERRA CIVIL AMERICANA


 Hourglass, el tiempo entre las manos.

Hay bloques que me llevan directamente a un acontecimiento de la Guerra Civil. Otros me hacen buscar un lugar, una mujer o una historia. Y hay bloques que empiezan siendo simplemente un dibujo geométrico y terminan llevándome por caminos que no esperaba. 

Hourglass ha sido uno de ellos. 

Su nombre significa Reloj de Arena, y parece sencillo. Pero basta empezar a buscar para descubrir uno de los problemas más frecuentes cuando intento reconstruir la historia de los bloques tradicionales: un mismo nombre no siempre identifica un mismo diseño.

Y con Hourglass tenemos un buen ejemplo. Hay muchos hourglass pero no todos son el mismo bloque. 

Si buscas un bloque de patchwork llamado hourglass, probablemente encuentres enseguida el diseño más conocido formado por cuatro triángulos, dos claros y dos oscuros, que dibujan perfectamente la silueta de un reloj de arena.

Pero este no es el bloque que aparece en el Loyal Union Sampler.
Además, historicamente encontramos otros diseños completamente diferentes llamados también Hour Glass. 

Bárbara Brackman, por ejemplo, documenta que la Ladies' Art Company utilizó ese nombre hacia 1900 para un diseño de cuadrados concéntricos que porteriormente apareció con otros nombres: Carrie Hall lo registró como Economy Patch en 1935, el Kansas City Star como This and That y Nancy Cabot como Thrift Block. Pero se trata de este diseño, nada que ver con nuestro reloj de arena.





Por eso, cuando investigo un bloque tradicional, buscar únicamente por su nombre puede llevarme por un camino equivocado. Hay que buscar el dibujo. Y eso es precisamente lo que hice con el Hourglass de Jennifer Chiaverini. 

En The Quilter's Album of Patchwork Patterns, Jinny Beyer nos da una pista fundamental. Para el mismo diseño que Jennifer Chiaverini utiliza en el Loyal Union Sampler, Beyer recoge esta referencia: Hour Glass - Laura Wheeler - Cincinnati Enquirer, 15 de abril de 1934. 
El patrón fue publicado bajo el nombre de Laura Wheeler Designs y llevaba el número 673.
 

Y aquí conviene detenerse. Esto no significa necesariamente que el bloque naciera el 15 de abril de 1934 ni que Laura Wheeler lo inventara. 

Significa algo mucho más concreto - y, para mi, históricamente más correcto-: el 15 de abril de 1934 tenemos documentado este diseño exacto publicado con el nombre Hour Glass. 

Puede haber existido antes. Puede haber circulado con otro nombre. Incluso puede aparecer algún día una publicación anterior que nos obligue a adelantar la fecha. 
Así funciona la historia de los bloques tradicionales.

También debemos tener cierta precaución cuando hablamos de Laura Wheeler. 
No estamos ante un caso tan claro como Carrie Hall o Clara Stone o Ruby Short McKim. Laura Wheeler Designs fue un nombre utilizado para comercializar y distribuir patrones de labores en periódicos de Estados Unidos. 

Aparecían patrones de patchwork, bordado, crochet y otras labores que las lectoras podían solicitar por correo.

Por eso, al hablar de este Hour Glass, prefiero decir que fue publicado bajo el nombre de Laura Wheeler Designs, sin atribuir automáticamente la creación del bloque a una diseñadora concreta. 

El anuncio de 1934 tenía, además, un pequeño juego de palabras con el nombre del patrón que me encanta:
Un quilt llamado Hour Glass, un objeto que sirve para medir el tiempo, se presentaba precisamente como un diseño que podía realizarse sin invertir demasiado tiempo.
 
El patrón aconsejaba destacar las figuras de reloj de arena utilizando telas oscuras o de colores vivos y proponía incluso confeccionarlas en tres tonalidades de un mismo color. También permitía aprovechar pequeños trozos de tela.


Las mujeres podían solicitar el Pattern 673 y recibían las instrucciones de corte y montaje, diagramas, cantidades de tela y diferentes posibilidades para confeccionar el quilt. 

Imagina la escena: un domingo de abril de 1934, una mujer abre el Cincinnati Enquirer. Entre las páginas del periódico encuentra un bloque que le gusta. Recorta el anuncio, pide el patrón y, unas semanas después, empieza a buscar las telas. 
Casi un siglo después, nosotras volvemos a coser aquel mismo bloque.

Y, por un momento, me gustaría ser aquella mujer.
Me gustaría abrir el periódico un domingo y encontrarme por casualidad con un bloque que no conozco. Recortar el anuncio, guardarlo y pedir el patrón. Después tendría que esperar. Días, quizá semanas, hasta que un sobre apareciera en el buzón. Y solo entonces podría estudiar las instrucciones, hacer mis plantillas, buscar las telas y empezar a coser. 
Hoy lo tenemos todo demasiado a la mano. Vemos un bloque que nos gusta y, en unos segundos, podemos buscar su nombre, encontrar cientos de fotos, descargar el patrón, ver tutoriales y comprar las telas. Y todo eso sin levantarnos de la silla. Tenemos más posibilidades de las que aquellas mujeres habrían podido imaginar y, sin embargo, parece que cada vez sabemos esperar menos. Lo queremos todo para ayer.
 
Quizá por eso me atrae tanto imaginar aquella espera. La ilusión de haber descubierto algo nuevo. Los días mirando el buzón. 

Seguramente hemos ganado muchísimo por el camino. Ya te he dicho en otras ocasiones que no renunciaría a todas las posibilidades que tenemos hoy. Pero creo que también hemos perdido un poco el placer de esperar las cosas. No se a ti, pero a mi me pasa.
 
Pero en 1934 no hay Guerra Civil. Así que ahora viene la pregunta inevitable que ya nos hemos hecho con otros bloques. ¿Qué hace un bloque documentado en 1934 dentro de The Loyal Union Sampler, un quilt cosido en 1861-1865?

Han pasado casi setenta años. No es un diseño de la Guerra Civil. Cada vez tengo más claro que Jennifer Chiaverini no pretendió reunir exclusivamente patrones populares en los años 1861-1865. Hay bloques antiguos y otros bastantes posteriores. Hay nombres de lugares, de batallas, de periódicos, de personas y también nombres que permiten construir una idea alrededor de aquella guerra.
Y aquí esa idea está clarísima: el tiempo. La espera. 
Porque esta guerra también se midió en tiempo, en días esperando una carta, semanas sin noticias, meses esperando un permiso, años para que todo terminara. 
Y mientras ese tiempo pasaba, las mujeres cosían, intentando mantener la vida a pesar de todo. 

Este bloque se lo voy a dedicar a Mary Ann Arnold, una mujer prácticamente desconocida.

Mary Ann nació en 1833 y vivía en Pensilvania con su marido, John Carvel Arnold, y sus hijos. 
John era un trabajador que en 1864 ingresó en la Compañía I del 49.º Regimiento de Infantería de Pensilvania del ejército de la Unión. Y tuvieron que separarse. 

La Library of Congress conserva hoy los llamados John Carvel Arnold Papers, una extraordinaria colección de 190 documentos y 533 imágenes que abarca desde 1856 hasta 1937. Entre esos los documentos  se conservan las cartas que John y Mary Ann se escribieron durante el tiempo que la guerra los mantuvo separados.

John le escribe sobre Virginia y Maryland, sobre el ejército, las raciones, la paga y la situación militar. Le preocupa el dinero, cómo está saliendo adelante. Pregunta por los niños y las dificultades por las que tiene que pasar para mantener el hogar y educarlos mientras él no está. 

Pero hay un detalle que convierte esta correspondencia en algo todavía más especial: Mary Ann no sabía escribir. La misma Biblioteca del Congreso Advierte de que ninguna de las cartas de Mary Ann que se conservan está escrita de su puño y letra. Ella dependía de otra persona para escribir, y necesitaba de alguien para que le leyera las cartas de John. Así que piensa un momento lo que eso significaba. Todo lo que se contaban pasaba por una tercera persona. Las preocupaciones, el dinero, los niños, el miedo, las palabras de cariño.

Las cartas que se conservan comienzan en 1864 y continúan durante 1865. Una de las primeras está fechada en Camp Curtin, Harrisburg, el 8 de marzo de 1864 (BLOQUE B-2).

Y si te preguntas por qué he relacionado a Mary Ann con el Hourglass, es fácil. Mary Ann no necesitaba un reloj de arena para saber que el tiempo pasaba. Ella lo medía de otra manera. Una carta recibida, una respuesta dictada, otra carta, otra espera.

Nosotros podemos abrir ahora la página de la Biblioteca del Congreso y pasar de una carta a otra en unos segundos. 

Después de la guerra, las dificultades continuaron. Se conservan también las cartas entre Mary Ann y sus hijos durante el tiempo que estos asistieron a la McAlisterville Soldiers' Orphan School, en Pensilvania.

Y quizá sea eso lo que más me interesa de Mary Ann Arnold, que no fue una heroina. Solo esperó, cuidó de sus hijos e intentó mantener su casa mientras su marido estaba en la guerra. Hizo exactamente lo mismo que miles de mujeres cuyos nombres nunca conoceremos. 
Por eso quiero que Mary Ann tenga un pequeño lugar en esta colcha, porque la Historia también la hicieron ellas.
 




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Las películas que aparecen en este proyecto tienen una pequeña historia que nunca he explicado del todo. Yo no busco una película para cada bloque. Son películas que ya he visto. Algunas hace poco y otras hace muchísimos años. Películas que, por alguna razón, se quedaron conmigo. 

Mientras investigo un bloque o escribo sobre él, de pronto aparece una. A veces es el argumento, otras por un personaje, una escena, una frase, e incluso una imagen. Es una asociación casi inconsciente.

Leí Reloj de Arena. Empecé a escribir sobre el paso del tiempo, sobre las mujeres esperando noticias y sobre esas cartas que tardaban semanas en llegar. 

Y me vino esta película:

 El Tiempo en sus Manos -The Time Machine-






Es una pelicula de 1960, dirigida por George Pal y protagonizada por Rod Taylor. Está basada en la novela de H. G. Wells.

Su protagonista es un inventor victoriano que construye una máquina capaz de viajar hacia el futuro. Sentado en ella contempla cómo los días se convierten en años y los años en siglos mientras el mundo cambia a su alrededor.

No tiene nada que ver con la Guerra Civil Americana, ni con el patchwork. Y no importa porque no la he elegido por eso. Simplemente me vino a la cabeza. Es una película que vi muchísimas veces cuando era joven. Es ciencia-ficción, pero me gustaba tanto...  


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Hay otro tiempo, ese que dejamos entre las telas.

 Coser también es una forma de medir nuestra vida. 

Una tarde puede terminar convertida en un bloque. Muchas tardes, en un quilt. Y cuando pasan los años ocurre algo curioso: sacamos una colcha del armario y no vemos solamente telas. 

- "Esta la cosí cuando los niños eran pequeños."
- "Esta la empece aquel verano."
- "Esta la corté en un momento difícil."

Yo he cosido muchas colchas, muchísimas, y cada una de ellas me cuenta donde vivía, quién estaba conmigo, qué me preocupaba y por qué la elegí precisamente en aquel momento. 

Mis colchas podrían contar mi vida.

Quizá aquella mujer que pidió el patrón 673 en 1934 tampoco imaginó que estaba dejando una pequeña parte de su tiempo en aquel bloque. Igual que yo no lo pienso mientras lo coso. 

Pero los años pasan y mi tiempo se queda allí, escondido entre las telas. No puedo detener el reloj de arena, ni tengo una máquina del tiempo. 

Pero algunas veces un quilt se le parece bastante


Este es mi bloque:







1 comentario:

  1. Me encanta este trabajo que estás haciendo y que nos acercas con sus historias y las tuyas. Gracias un abrazo

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