Mira el bloque. ¿que ves? Yo lo miro y ya veo la historia que puede que haya detrás.
A primera vista veo una estrella de ocho puntas. Pero cuando miro por segunda vez, veo dos estrellas entrelazadas compartiendo el mismo centro. Ninguna destaca sobre la otra, cada una mantiene su identidad y juntas forman un único bloque.
Hoy lo conocemos como Twin Star.
Conocer su origen no me está resultando fácil.
A diferencia de otros diseños cuya primera publicación puede localizarse en periódicos o revistas del siglo XIX o principios del XX, Twin Star carece de una historia documentada que yo encuentre.
Diversos autores coinciden en señalar que ha recibido nombres diferentes y que su identificación no siempre es unánime. Esto demuestra, una vez más, cómo los bloques de patchwork viajaban de una comunidad a otra, cambiando de nombre sin que cambiara necesariamente su diseño. Y no siempre existe consenso sobre cuál es su nombre original.
En la página Generations Quilt Patterns, no le atribuye un origen histórico concreto. Pero esto no significa que sea un bloque moderno, sino sencillamente que forma parte de esa inmensa mayoria de bloques que fueron pasando de mano en mano y de generación en generación mucho antes que alguien pensara en registrar sus nombres. Y creo que por eso me encanta. En esta página te enseñan cómo hacer el bloque y las medidas según el tamaño de bloque que quieras.
Lo que si tengo claro es que es una Variable Ohio Star
A lo largo de los 121 bloques del Loyal Union Sampler estoy segura que veremos otras variaciones de la Ohio Star. Pero voy a aprovechar este bloque para contarte lo que se de ella.
La Ohio Star, más que un bloque concreto es una familia de bloques.
Bárbara Brackman agrupa todos ellos dentro de la categoría "Like Ohio Star", es decir, bloques que comparten la misma estructura básica de un nine patch.
Todos los bloques tienen la misma base: el cuadrado central, los cuadrados en las esquinas y los QST formando la estrella de ocho puntas.
Lo que cambia es la disposición de los colores, la orientación de las unidades y otros detalles añadidos.
Brackman nos cuenta que este bloque ha aparecido a lo largo de la historia con distintos nombres:
- Ohio Star
- Variable Star
- Eastern Star
- Western Star
- Texas Star
- Eight Pointed Star
En muchos casos solo cambia la distribucion de los colores.
Brackman también incluye decenas de bloques relacionados, que no te voy a enumerar aquí, y entre ellos está el Twin Star.
Asi que concluimos, que el bloque que hoy nos ocupa es una variación del Ohio Star conseguida combinando colores.
Brackman también documenta ejemplos de esta familia de estrellas desde finales del siglo XVIII, y cita un quilt fechado en 1795, otro de 1806, y el quilt de Clarissa D. Moore, cosido en 1837, que ya utiliza una de estas variables. Los puedes ver pinchando aquí.
Esto demuestra que muchos bloques de esta familia eran muy anteriores a la Guerra Civil.
En el libro de Jinny Beyer nos habla de muchisimas variaciones.
Y señala que la Ohio Star aparece por primera vez con ese nombre el la revista Cappers Farmer de 1927.
Como ya te he contado y no me canso de repetir, durante la Guerra Civil miles de vidas quedaron unidas de la misma manera que estas dos estrellas. Madres, hijas, hermanas, amigas, matrimonios... incluso hermanos que terminaron luchando en bandos opuestos. La guerra los separó, pero no consiguió romper los vínculos que los unian. O eso quiero pensar.
Y es por esto que la Twin Star no me habla de separación, me habla de unión.
Porque es verdad que hay un hecho que no puedo pasar por alto: el dolor de la separación, la tragedia de las familias rotas, hermanos que habían nacido bajo el mismo techo que elegían bandos diferentes. Esa lucha de "hermano contra hermano" que ya hemos visto en otros bloques.
En los Estados Fonterizos entre la Unión y la Confederación es donde la división familiar fue más desgarradora. Maryland, Kentucky, Missouri y Virginia Oeste. El país estaba dividido, y los hogares... y las mesas.
El archivo histórico de Estados Unidos está lleno de relatos que encogen el corazón. Por ejemplo el de la familia Crittenden, en Kentucky. El padre, el senador John J. Crittenden, intentó desesperadamente evitar la guerra, pero no lo logró. Al estallar el conflicto, su hijo mayor, George, se alistó como general confederado. Su hijo menor, Thomas, como general de la Unión.
Para las mujeres de Waterford, coser estas dos estrellas unidas debía ser un ruego silencioso para que esos "hermanos" no tuvieran que dispararse entre ellos, que a pesar de todo seguían siendo hermanos de sangre o de nación. Que el cielo era el mismo y que los esperaban, porque fueron muchas las madres las que vieron partir al frente a sus hijos para que se protegieran entre ellos.
Pero hoy propongo este bloque como símbolo a la reconciliación y al perdón familiar. Porque quienes compartieron una infancia siempre pertenecerán al mismo hogar.
Le voy a dedicar este bloque a las miles de mujeres cuyo trabajo no quedó registrado con nombres propios en los libros de Historia, pero que, unidas, fueron capaces desostener un país en guerra.
Se lo dedico a las Ladies' Aid Societies.
Cuando estalló la Guerra Civil en 1861, el ejército de la Unión descubrió que no estaba preparado para un conflicto de aquella magnitud. Faltaban uniformes, mantas, ropa interior, calcetines, vendas, almohadas, alimento y suministros médicos. Y la respuesta no llegó desde el gobierno, sino desde los hogares.
En los pueblos, escuelas y salones parroquiales comenzaron a surgir asociaciones femeninas creadas para confeccionar y reunir todo lo que los soldados necesitaban.
No existía una única asociación nacional; cada comunidad tenía la suya, con sus reuniones, sus responsables y sus propias iniciativas.
Algunas de estas asociaciones colaboraron estrechamente con la United States Sanitary Commission.
Estas mujeres nunca pisaron un hospital, ni empuñaron un arma, pero las actas de reuniones de muchas de ellas demuestran que no dejaron de trabajar ni un solo día.
Tejieron guantes, calcetines y bufandas para combatir el frio. Cosieron camisas, pantalones, sábanas y fundas de almohada. Y que cosieron muchos quilts con los que abrigar a los soldados heridos y enfermos.
Fue un trabajo silencioso pero imprescindible. Un esfuerzo muy organizado para que todo llegara a donde se necesitaba, aunque fuera a cientos de km.
Y yo creo que lo más extraordinario no es que hicieran todo eso, que lo es, sino que ninguna trabajó sola, vivieran donde vivieran, todas tenían el mismo propósito y comprendían que cada puntada, por pequeña que pareciera formaba parte de una inmensa red de solidaridad.
Sin estas asociaciones habría sido imposible mantener el abastecimiento de los ejércitos y los hospitales. Su capacidad de organización superó todas las expectativas que alguien desde el gobierno pudiera haber supuesto. Llevaron los libros de cuentas, administraron donaciones, coordinaron voluntarias, planificaron envíos y establecieron redes de colaboración que cruzaban estados enteros. Y lo hicieron desde sus casas, sus granjas, sus cuartos de costura, casi siempre en silencio.
Mientras leía la historia de las Ladies' Aid Societies me hacía una pregunta. ¿Seríamos hoy capaces de organizarnos de la misma manera?
Vivimos en una sociedad muy distinta a aquella de 1861. Tenemos más recursos, mejores comunicaciones y una tecnología que permite coordinar ayuda en cuestión de minutos. Pero también vivimos de una forma más individualizada que aquellas comunidades donde todos se conocían y donde el esfuerzo colectivo formaba parte de la vida cotidiana.
Es cierto que cuando se producen grandes catástrofes seguimos siendo capaces de ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Lo hemos visto hace relativamente poco: miles de personas que dejan a un lado sus obligaciones para acudir a ayudar a desconocidos, asociaciones que se organizan espontáneamente, vecinos que abren las puertas de sus casas y voluntarios que trabajan durante días sin esperar nada a cambio. Y en muchas de estas situaciones esa ayuda ha resultado incluso más decisiva que la actuación de las propias instituciones.
Pero la guerra es diferente. No se trata de ayudar unos días o unas semanas, sino de un esfuerzo constante durante años. Y ahí es donde las Ladies' Aid Societies nos dan la lección. Aquellas mujeres no buscaron reconocimiento, no esperaron fotografías ni agradecimientos públicos. Simplemente entendieron que había una necesidad y que cada una podía aportar algo: una manta, un quilt, unos calcetines, unas horas de costura.
Ellas nos recuerdan que una sociedad también se sostiene gracias a miles de personas anónimas que dedican su tiempo, su trabajo y su talento al bien común. La fuerza que tuvo fue la suma de millones de pequeñas acciones que fueron capaces de hacer de manera constante.
Quizá esa sea la verdadera reflexión que nos deja este bloque. No se trata de preguntarnos si seríamos capaces de hacer exactamente lo mismo, porque las circunstancias y la forma de ayudar han cambiado, sino de pensar si conservaríamos aquel sentido de comunidad y la voluntad de mantener un esfuerzo solidario durante meses o incluso durante años.
Porque, al final, la fortaleza de un país no se mide únicamente por su ejército o por sus gobernantes, sino también por la capacidad de sus ciudadanos para organizarse y cuidar unos de otros cuando más lo necesitan.
Hace apenas unos años, cuando comenzó la guerra de Ucrania, esa forma de solidaridad volvió a manifestarse de una manera que resulta especialmente cercana para quienes amamos el patchwork. En muchos paises, grupos de quilters se organizaron para coser y enviar quilts a las personas desplazadas por la guerra. Más de siglo y medio después de las Ladies' Aid Societies, otras mujeres, en mi caso con Mar Sandoval a la cabeza, volvieron a reunirse alrededor de telas, agujas e hilos para ofrecer abrigo y consuelo a personas desconocidas.
Aquellos quilts no podían detener bombas ni devolver a nadie el hogar que había perdido, pero llevaban el tiempo, el cuidado y la solidaridad de quienes los habían cosido.
Tal vez por eso la historia de las Ladies' Aid Societies no me resulta tan lejana. Las herramientas han cambiado y las distancias son más cortas, pero seguimos recurriendo a las manos y al trabajo compartido cuando tenemos que decirle a alguien que no está solo.
Este es mi bloque:





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