Drummer boy significa "el chico del tambor" y encierra una profunda carga simbólica y emocional, tanto en la narrativa de la novela de Chiaverini, como en el contexto histórico real de la Guerra Civil.
En la novela significa la pérdida de la inocencia familiar y el sacrificio de los hijos.
El sonido del tambor simboliza el reclutamiento que arranca a los hombres de la paz y la seguridad de su casa.
Mientras las mujeres cosen este bloque en sus grupos de costura, canalizan la angustia de ver partir a los soldados. Muchos de ellos eran niños aún, sobre todo para sus padres.
Este bloque rinde homenaje a una de las figuras más trágicas de la guerra: los niños en el frente.
Aunque la edad mínima legal para alistarse eran los 18 años, miles de niños entre 12 y 16 años -e incluso menos- se alistaron en ambos bandos como músicos, sobre todo tamborileros y cornetas.
En el caos de un campo de batalla, los gritos de los oficiales era inútiles. Los Drummer boys era vitales porque sus toques de tambor transmitían órdenes cruciales: avanzar, retirarse, reagruparse o disparar.
Al marchar al frente junto a los oficiales para que sus señales se escuchasen con claridad, estos niños estaban completamente desarmados y expuestos al fuego enemigo, sufriendo tasas de bajas devastadoras.
Figuras reales como Johnny Clem, el "Niño de Chickamauga", que se alistó a los 9 años, se convirtieron en leyendas populares de la época. Inspiraron canciones, poemas y, por supuesto, bloques de colchas tradicionales. Y películas !!!
Hoy no voy a hablar de mujeres, hoy le dejo el sitio a los niños tamborileros de la guerra.
Hay que partir de una idea: estos niños no eran simples mascotas del regimiento. Eran militares que cobraban un sueldo, firmaban contratos de alistamiento y cumplían misiones tácticas de gran riesgo.
Orion P. Howe: el tamborilero de Vicksburg:
La historia de Orion Howe está registrada al detalle en los partes de guerra oficiales de la Unión por su gran valentía bajo fuego cruzado, cuando solo tenía 14 años.
El 19 de mayo de 1863, durante el asalto a la fortaleza confederada de Vicksburg, Misisipi, el 55º de Infantería de Illinois se quedó prácticamente sin munición frente al enemigo.
Estaban atrapados en una zona desprotegida. El coronel del regimiento ordenó al joven Orion que corriera a la retaguardia para pedir munición.
Orion cruzó un campo abierto barrido por el enemigo. A mitad de camino recibió un balazo en una pierna. Pero a pesar de la herida y la sangre, se levantó y, cojeando, llegó a entregar el mensaje antes de desmayarse.
El General Sherman quedó tan impresionado con la valentía de Orion que lo nombró en sus memorias y pidió para él la Medalla de Honor.
Tenía 14 años. Sobrevivió a la guerra y vivió hasta 1930.
Julian Scott: el músico pintor del 3º de Vermont
Julian se alistó en el ejército de la Unión a los 15 años como tamborilero.
Durante la batalla de Lee's Mill, Virginia, la unidad de Scott intentaba cruzar un río bajo un bombardeo confederado. Varios soldados cayeron heridos en el agua, a punto de ahogarse. Scott dejo su tambor, se lanzó al rio a rescatar a los heridos y salvó a nueve de ellos.
Tras la guerra estudió arte y se convirtió en uno de los pintores históricos más importantes de Estados Unidos.
Sus cuadros sobre la guerra Civil son famosos por su realismo. Pintaba lo que había visto y vivido.
Este cuadro se llama The Morning of Freedom y muestra a esclavos liberados llegando a las líneas de la Unión. Es perfecto para entender por qué sus pinturas son tan valiosas: él estuvo allí, con 15 años y un tambor.
Louis Edward Rafield: el tamborilero del Sur:
La mayoría de historias condecoradas pertenecen al bando de la Unión porque los archivos del Norte sobrevivieron intactos.
De los archivos rescatados de los estados confederados, destaca la historia de Louis Rafield.
Se alistó en Mobile, Alabama, con solo 11 años. Sirvió practicamente toda la guerra en el 21º de Alabama.
En la Batalla de Shiloh, cuando su unidad empezó a dispersarse presa del pánico, Louis se plantó en medio del camino y comenzó a tocar el redoble de "asamble" con furia para obligar a los soldados a reagruparse.
Existen fuentes y menciones históricas que afirman que su tambor sobrevivió a la guerra. Pero hay una confusión histórica entre dos tambores: el tambor original lo perdió y se adentró en las líneas de la Unión y le robó un tambor al enemigo para poder seguir tocando.
Este segundo tambor es el que sobrevivió a la guerra y se conserva en Montgomery, en el Museo de Archivos de Alabama como prueba histórica de su servicio.
Era propietario y administrador de un café y una casa de huéspedes en Coden, Alabama. Desde el momento de su baja del Ejército Confederado, se dedicó a los veteranos con quienes sirvió. Fue miembro durante mucho tiempo del Campamento II del Almirante Raphael Semmes de los Veteranos Confederados Unidos. Retomó su papel de tamborilero mientras era miembro.
En la foto lo puedes ver con su tambor.
La cruda realidad del archivo militar
Los registros médicos de la época demuestran que el verdadero peligro para estos niños eran las enfermedades en los campamentos.
Al no tener el sistema inmune desarrollado como un adulto, miles de drummer boys documentados en los archivos hospitalarios de ambos bandos murieron de disentería, malaria y tifus antes de tocar el tambor en la primera batalla.
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Y tenemos películas !!!!!
Es una pruducción regional estadounidense de muy bajo presupuesto y de corte educativo, por lo que su distribución es muy limitada. La he encontrado en YouTube en versión original.
Pero luego me paro a pensar: no puedo juzgar hoy lo que hicieron hace 150 años. Es injusto.
Los drummer boys nos obliga a mirar la Guerra Civil con otros ojos.
El concepto de "niño" en 1860 para nada es el mismo que tenemos ahora en 2026.
En el siglo XIX no existía la escolarización obligatoria y mucho menos la protección a la infancia, que es un concepto mucho más moderno. Muchos niños trabajaban en fábricas, granjas o simplemente ayudaban a sus familias desde muy pequeños. Alistarse con 14 años era algo duro, porque dura era la guerra,sí, pero no tan fuera de lugar como lo sería ahora. Su tambor marcaba el ritmo de los ejércitos, pero también marca para nosotros la distancia entre su época y la nuestra.
Eran mensajeros, enfermeros y símbolos de valor, que muchas veces murieron por enfermedades, sobre todo infecciosas.
Pero esta reflexión va más allá de la guerra y de los niños. En ninguna circunstancia de la vida, y es mi opinión, podemos extrapolar lo que ocurrió hace 150 años al presente. Y esto no ocurre solo con la historia militar. Ocurre con cualquier época histórica. Incluso ocurre en el ámbito familiar.
Hoy día, en un alto porcentaje, los jóvenes de 18 años no están casados ni tienen hijos. Se entiende como el inicio de una etapa de estudios o de crecimiento personal. Sin embargo, mi abuelo ya era padre con 18 años y viviendo fuera de España. Para su generación eso era lo nomal y lo esperado.
Juzgar la vida con la vara de medir de hoy no tiene sentido. Cada tiempo tiene sus reglas, sus necesidades y su forma de vivir.
Plasmar la historia de los drummer boys en un bloque y en esta página, es recordarlos con respeto, sin juzgar, entendiendo que fueron niños de su tiempo.
Las generaciones venideras, quizás, nos juzgarán a nosotros con la misma dureza con la que a veces juzgamos al pasado.
Y sí, nos juzgarán por lo que estamos haciendo con los niños a pesar de que no los mandamos a ninguna guerra; por como tratamos al prójimo; por como nos maltratamos a nosotros mismos. Juzgarán nuestras prisas, nuestros miedos, nuestras contradicciones y tendrán una vara de medir que hoy ni imaginamos.
Confío y espero que sean tan benévolos con mi generación como yo intento serlo con la de mi abuelo.
Que entiendan que cada época hace lo que puede con lo que tiene, con sus aciertos y con sus meteduras de pata. Y que, al mirarnos desde 150 años en el futuro, elijan la comprensión antes que la condena.
Este es mi bloque:










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